Polyphony Digital cierra una generación con la entrega más completa hasta la fecha, ofreciendo un viaje nostálgico y técnico que exige paciencia pero recompensa con maestría.
Hemos tardado toda una vida en ver esta séptima entrega, pero Polyphony Digital no ha jugado a la carta de la velocidad inicial, sino a la de la profundidad. Si recordáis Sport, veréis que GT7 es simplemente la expansión total de ese concepto base; donde antes había un circuito corto, ahora tenemos el Nürburgring entero. La cifra habla por sí sola: pasamos de unas modestas veintidós pistas a noventa circuitos distintos, y de ciento sesenta vehículos a cuatrocientos veinte coches listos para rodar. Es el vigésimo quinto aniversario de la saga, y Yamauchi sabía que tenía que estar a la altura del mito. Para nosotros, esto se siente como entrar en un museo interactivo donde el pasado, presente y futuro del automovilismo conviven bajo el mismo techo digital.


Lo primero que nota el jugador es la estructura narrativa, o al menos lo que queda de ella. En lugar de lanzarte directamente a la pista, te llevan a una cafetería virtual. Parece una tontería, pero funciona como un filtro inteligente. Según nos cuenta el creador, el mundo del motor ha cambiado y ya no damos por sentado que todo el mundo tenga esa cultura clásica. Así, mediante diálogos con personajes bien diseñados, vamos desbloqueando historia técnica y detalles de cada escudería. Es difícil no fijarse cuando el modelado de los coches es tan apabullante que parece que puedes tocar el metal frío. No es solo estética; es educación disfrazada de juego.

La progresión en el modo Carrera tiene más pinta de RPG que de campeonato tradicional. No tendrás todo desbloqueado desde el minuto uno; hay que ganárselo. Irás consiguiendo licencias, misiones específicas y nuevos eventos, como el Rally, en un proceso que puede alargarse unas treinta horas si quieres saborearlo bien. Aquí entra en juego el concepto de Puntos de Rendimiento (PR). No basta con comprar el coche rápido; hay que tunearlo para subir su nivel y ser competitivo. Esto obliga a invertir créditos en mejoras, e incluso a veces a bajarle la potencia para equilibrar el peso o la aerodinámica. Las carreras se vuelven adaptables: tu habilidad cuenta, sí, pero también el trabajo mecánico que le hayas dedicado a tu máquina. Al final, GT7 te deja más sabio y hábil que cuando entraste.