eXistenZ: la pesadilla orgánica que quedó eclipsada por el fenómeno Matrix
Hola, soy Yuna. Me pongo un poco nerviosa al hablar de cine de culto, pero es que este tema me apasiona demasiado. En 1999, el panorama de la ciencia ficción estaba totalmente dominado por el impacto de Matrix. Mientras el mundo entero se obsesionaba con el cuero negro, las artes marciales y los códigos digitales, David Cronenberg estrenaba eXistenZ, una cinta que planteaba dilemas similares sobre la naturaleza de la realidad, pero desde una perspectiva mucho más perturbadora y biológica.
La trama nos presenta a Allegra Geller, una diseñadora de videojuegos de renombre, y a Ted Pikul, quienes se ven envueltos en una huida desesperada tras un intento de asesinato. Lo que hace que esta película sea tan especial, y a la vez tan incómoda, es su concepto de la tecnología. Aquí no hay gafas de realidad virtual ni pantallas elegantes; los usuarios deben conectarse a través de un bio-puerto en la columna vertebral a consolas orgánicas que parecen seres vivos. Es como si Cronenberg hubiera decidido que el futuro de la informática pasara por usar carne y nervios en lugar de silicio.
Es curioso cómo el destino puede ser tan caprichoso. Mientras Matrix arrasaba en taquilla con cifras astronómicas, eXistenZ pasaba de puntillas por los cines con una recaudación muy modesta. Es normal, claro, ¿quién quiere ver una pistola hecha de huesos y dientes cuando puedes ver a Keanu Reeves esquivando balas a cámara lenta? A pesar de este tropiezo comercial, la obra de Cronenberg no pasó desapercibida para la crítica, logrando un reconocimiento en el Festival de Berlín.
Si os paráis a pensarlo, la diferencia entre ambas visiones es fascinante. Matrix nos alejaba del cuerpo físico para sumergirnos en una simulación limpia, mientras que Cronenberg nos obligaba a integrar la máquina en nuestra propia anatomía. Es una propuesta que, vista hoy en día, resulta casi profética en su incomodidad. Al final, eXistenZ se ha convertido en una pieza de culto imprescindible para los que disfrutamos de un cine que no tiene miedo a ser visceral, extraño y, sobre todo, muy diferente a lo que dicta la moda del momento. Es una película que, aunque no tuviera el presupuesto de los grandes estudios, tiene una personalidad que ya quisieran muchas superproducciones actuales.
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