El origen cotidiano de El viaje de Chihiro: 25 años de una obra maestra
Resulta curioso pensar que una de las películas más influyentes de la historia del cine no nació de una ambición desmedida, sino de un deseo sencillo: crear una protagonista con la que las niñas de diez años pudieran identificarse de verdad. Nosotros, como seguidores de la obra de Hayao Miyazaki, sabemos que el director siempre ha tenido una sensibilidad especial para captar lo humano. En lugar de buscar una heroína perfecta e inalcanzable, el cineasta se inspiró en la hija de un amigo para dar forma a Chihiro, una niña corriente que se enfrenta a lo extraordinario con dudas y miedos muy reales. Es como si Miyazaki nos dijera que, incluso cuando te pierdes en un mundo de espíritus, lo que realmente importa es cómo gestionas tu propia inseguridad.
El proceso creativo detrás de esta cinta fue, cuanto menos, caótico y fascinante. A diferencia de otras producciones donde todo está cerrado antes de empezar, aquí la historia se fue descubriendo sobre la marcha, mientras el equipo dibujaba los guiones gráficos. Yo, personalmente, admiro esa valentía de lanzarse al vacío sin tener cada plano atado. Al final, terminaron con más de 1.400 planos, superando con creces las previsiones iniciales. Es una locura pensar que el ritmo de la película se ajustaba casi al mismo tiempo que se decidía el destino de los personajes. Eso sí, aunque la fantasía no tuviera límites, los plazos de entrega del estudio sí que los tenían, lo cual obligaba a Miyazaki a apretar los dientes y concentrarse al máximo.
En cuanto a la técnica, es importante aclarar que, aunque se trata de una obra artesanal, el uso de herramientas digitales fue clave. No es que el ordenador hiciera el trabajo sucio, sino que se utilizó como un pincel más para enriquecer lo que ya estaba dibujado a mano. Me parece un acierto absoluto que el color y la estética se decidieran bajo criterios artísticos humanos y no por lo que dictara el software de turno. Además, hay detalles que me encantan por lo absurdos que suenan: para que los movimientos de ciertas criaturas fueran creíbles, el equipo llegó a estudiar cómo se movía un perro en una clínica veterinaria al tomar una pastilla. Es esa obsesión por la realidad lo que hace que lo imposible parezca tangible.
Finalmente, no podemos olvidar que el escenario de la casa de baños no es una invención azarosa. Es un recuerdo de la infancia de Miyazaki, una vivencia de sus visitas a los baños públicos que terminó convirtiéndose en el eje central de la trama. A veces, para crear algo que nos vuele la cabeza, solo hace falta mirar atrás y rescatar lo que vivimos de pequeños. Vosotros, al volver a ver la película, fijaos bien en esos gestos cotidianos; ahí es donde reside la verdadera magia. Es un ejercicio de honestidad artística que, tras veinticinco años, sigue sin tener rival en la industria.